viernes, 19 de diciembre de 2014

Ser o no ser. Ésa es la cuestión

Y es que tengo un cacao que no me tengo.

Cuando ya estaba totalmente convencida de que el siguiente paso que daría sería hacerme la dichosa laparoscopia, en caso de que este ciclo con Gonal F. no funcione, me topo con un ginecólogo que me desaconseja hacerlo.

Tres semanas he tenido que esperar desde que me dieron la cita. Tres semanas comiéndome la cabeza con la dichosa operación. Y justo cuando ya había tomado la decisión de vencer mis miedos y pasar por quirófano… allí estaba él.

Es el jefe de la consulta en la que también trabaja mi ginecóloga, la Frau B., y esta vez he ido a él en vez de a ella porque también trabaja en el hospital haciendo laparoscopias y esperaba que fuera él quien me operara. Pero no, no será él. No lo será porque él sólo puede abrir para diagnosticar obstrucción de trompas o endometriosis pero en caso de encontrar adherencias no podría quitármelas. Yo prefiero, dado el caso, matar dos pájaros de un tiro, claro, así que he preferido que me dé un volante para el hospital.

Él mismo hizo la cita con el hospital para un Erstgespräch y mientras marcaba y esperaba a que lo cogieran me estuvo haciendo preguntas para tranquilizarme: que de dónde era, que cuántos años llevaba en Alemania, que por qué quería hacerme la laparoscopia…

Y ahí es cuando salió el tema: ¿Es o no es razonable hacerse una laparoscopia cuando se lleva tiempo buscando bebé? ¿No es lo que me han recomendado hasta ahora todos los médicos con los que me he topado hasta ahora en los últimos dos años y medio que llevo, sin éxito quedarme embarazada?

Pues, en su opinión, lo de la laparoscopia no es nada más que una gilipollez que se han sacado de la manga los médicos que no tienen ni idea de por qué muchas no nos podemos quedar embarazadas y que se niegan a reconocer su ignorancia. Dice que hasta hace unos años nadie hablaba de obstrucción de trompas o endometriosis pero que ahora en cuanto te descuidas te mandan hacértela y que en la mayoría de los casos sigue sin encontrarse causa alguna para la infertilidad. Palabras textuales: “si usted no ha tenido nunca antes infecciones uterinas ni en las trompas, la probabilidad de que usted padezca endometriosis o tenga las trompas obstruidas es menor al 10%”.

“¿Entonces cuál podría ser la causa?”, le pregunté.
 “Pues ni idea”, contestó él, “podría ser estrés, malos hábitos de vida, cualquier cosa, pero me apuesto con usted lo que quiera a que cuando se haga la laparoscopia le dirán que no tiene ni lo uno ni lo otro”.

Y yo le creí. De verdad que le creí.

Por su edad y su forma de ver las cosas (tan “easy”) pensé que tenía muchísima experiencia y que era el ginecólogo que habría necesitado la primera vez que fui a uno en este país. Quise creer que, de haber sido así, él habría compartido conmigo ideas conspiratorias sobre la industria farmacéutica y me habría recomendado utilizar métodos anticonceptivos naturales. Lástima que no fuera así, y cayera, hace ya más de siete años, en las garras de la Doctora O.   

“Entonces”, dije yo, “¿me recomienda que me haga la in vitro sin antes hacerme una laparoscopia? ¿No pondrá problemas mi seguro a la hora de pagarla?”

“Sin duda es lo que yo haría. Hable con su seguro y a ver qué le dicen”, contestó.

No esperé a hablar con mi seguro. Llamé al KiWuZe directamente y le solicité una cita inmediatamente para informarnos sobre la in vitro. En los próximos días, incluso, recibiremos por correo el “plan de acción” que hay que enviar al seguro médico para que se hagan cargo de una parte del importe.

El 30 de diciembre iré al hospital de todas formas a informarme sobre la laparoscopia y espero entonces despejar todas mis dudas y tomar una decisión definitiva.

Pero eso será el día 30, y hasta entonces no pienso perder ni un solo minuto de mi vida en pensar en ello. Más que nada porque acabo de coger las vacaciones y me voy a España a visitar a la familia.

¡Feliz Navidad!

viernes, 12 de diciembre de 2014

Visita al endocrino (I)

Hacía ya muchísimo tiempo que quería escribir esta entrada pero por algún motivo he sido incapaz de hacerlo hasta ahora. Supongo que al principio pensar en ello me causaba mucho dolor, después entré en la  fase veraniega en la que preferí ignorar el tema y ahora… Ahora no sé si lo recuerdo suficientemente bien como para contar con todo detalle lo que pasó en la consulta del endocrino. Pero lo voy a intentar.

Allá por abril de este año, cansada de visitas varias a diferentes ginecólogos y KiWuZe, decidí que era el momento de pedir cita para ver a un endocrino. Conozco a varias personas que han ido en España a uno y siempre han salido contentas, así que pensé que ir a uno aquí sería un éxito seguro.

El primer problema con el que me encontré fue que en esta ciudad sólo hay dos clínicas de endocrinología y desde que llamas para pedir una cita hasta que te la dan es normal que pasen unos meses. En mi caso fueron tres meses, que se me hicieron eternos.

Pero el gran problema al final no resultaron ser esos tres meses que tuve que esperar para la dichosa cita, el gran problema fue que la visita al endocrino fue de lo más frustrante (de nuevo).

Pasé semanas preparando la cita y fotocopiando todos los resultados que tenía de los análisis clínicos que me había hecho en los dos últimos años: que si los estrógenos, que si la progesterona, que si la vitamina D, que si la tiroides… Preparándome psicológicamente para el gran momento que cambiaría mi vida (¡ja!) y repasando en mi mente el discurso que pensaba soltarle de carrerilla en cuanto me preguntara “¿qué puedo hacer por usted?”.

Y llegó el día. El gran día.

Me encontré con mi marido en la puerta de la clínica para subir juntos a la consulta. Cuando entramos, el personal de recepción nos recibió, con una simpatía inusual en este país, y nos indicó que rellenáramos un formulario (con datos personales e historias clínicas). “Todo va a salir bien”, nos dijimos mi marido y yo.

Y entonces, cuando ya llevábamos un rato en la sala de espera, apareció.

Frau Doktor M. se llamaba. Delgada (en realidad demasiado delgada para su altura y edad), con el pelo cortísimo y cortado a cepillo (tan típico de las alemanas de mediana edad), maquillada (a lo ochentero) y vestida con unos pantalones de pitillo turquesas (demasiado largos para ser piratas y demasiado cortos para ser normales), su bata de médico por encima y, si no recuerdo mal, zapatos de tacón. 

Todo esto no me molestó en su momento, la verdad, pues soy de la opinión de que cualquiera puede vestirse, peinarse y maquillarse de la manera en que le dé la gana y que se puede ser bueno en su trabajo aunque se vaya hecho un adefesio. Pero reconozco que verla aparecer así, y no sólo por su apariencia sino también por su forma de moverse, ya me creó una inseguridad que todavía me arrolla cuando pienso en ella.

Pero no acabó ahí todo. Entonces llegó el momento en que abrió la boca para llamarme…

“¿Frau Cigüeña Blancaaaaaa?”

… y lo hizo con un tono de voz tan antipático, que según entró por mis oídos, un sentimiento de “se acabó, todo va a salir mal otra vez” fue abriéndose paso por todo mi ser, haciendo temblar mis extremidades, erizando todo el vello de mi cuerpo, haciéndome muy, muy, muy pequeña ante un ser tan monstruoso.

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Fuente: "Ahí te quiero ver", de Rosa María Sardá

“Por aquí”, nos dijo, haciendo a la vez un gesto con las cejas para mostrarnos el camino. Llegamos a su despacho, nos sentamos y… allí estaba yo, en la silla, enfrente de ella, sin poder decir ni una palabra. Llegó la gran pregunta para la que yo había practicado tanto tiempo y, por muchas veces que abriera la boca, por muchas veces que pensara “ahora sí voy a ser capaz de contárselo”, no pude articular palabra. Alles weg!

Entonces mi marido me intentó echar un cable, empezó a contarle por qué estábamos allí, cuánto tiempo llevábamos intentando quedarnos embarazados, por cuántos médicos habíamos pasado ya… cuando, de repente, salió de mi boca la frase de la discordia:

“Estoy harta de que los médicos me echen la culpa a mí diciéndome que tengo un problema psicológico, nadie me toma en serio”

Y en cuanto lo dije sabía que había metido la pata, que ya no había vuelta atrás.

El torbellino M. empezó a girar por el despacho, haciendo volar todos los papeles que estaban sobre su mesa, alborotando mi pelo, que había peinado tan sólo unos momentos antes para causar buena impresión,

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Fuente: "Los otros", de Alejandro Amenábar

y su voz, tronando en mis oídos y dejándome fría como el hielo, me advirtió:

“Si se atreve a decir que yo no tomo a mis pacientes en serio, hemos terminado, se va usted ahora mismo de aquí y se busca otro endocrino”.
    
Fuente: Harry Potter

Y ahí fue cuando me eché a llorar.

“Rebobina, Cigüeña. Recula. Discúlpate y pídele una oportunidad”. Y así lo hice.

Al final, conseguí expresarme y le hice saber que estaba harta de que todos los médicos le dieran sólo importancia a un positivo que nunca llegaba, a una laparoscopia que me negaba a hacer, a una in vitro que yo veía, de momento, innecesaria. Harta de que a nadie le interesara que mi libido me hubiera abandonado cuando empecé con la píldora ni que estuviera a punto de volverme loca por este motivo. No, señora, no es que se me haya ido la libido porque tengo depresión, es que tengo depresión porque se me ha ido la libido. ¿Cómo es posible que nadie lo entienda?

Y me habría gustado saber que la Frau Doktor M. había entrado en razón, que por fin alguien entendía mis deseos pero… no fue así.

Lo único que hizo fue darme la razón como a los locos. “¿Que quiere usted hacerse unos análisis y ver cómo están sus hormonas? ¡Pues se los hacemos, claro está! ¿Que quiere usted un Ultraschall de su tiroides? ¡Inmediatamente, sin dudarlo!”

En el Ultraschall de la tiroides me vio dos nódulos fríos de pequeño tamaño y me dijo que no había por qué preocuparse (¿¿¿seguro????) y que no veía necesario un tratamiento con yodo.

Y tras hacerme los análisis de sangre pertinentes y darme una cita telefónica para una semana después, me mandó a casa.

Y allá que me fui, eso sí, con la certeza de que nuevamente había fracasado.

La semana pasó y cogí el teléfono para llamarla y que me diera los resultados de los análisis. Todavía quedaba en mí una pequeñísima esperanza de que encontrara alguna hormona descompensada como causa de mi falta de libido pero… nada, todo en orden.

“¿Y la tiroides?”
In Ordnung
“¿Y los estrógenos?”
In Ordnung
 “¿Y la progesterona?”
“También, in Ordnung
”Pero la Doctora T. del KiWuZe me dijo en su último email que algo andaba mal con mi progesterona”

Y, de nuevo, me dio la razón como a los locos.

“¿Que quiere usted progesterona porque cree que la tiene baja y es por eso que no tiene libido? Pues tome una receta. ¿Que le parece que una pastillita diaria es demasiado poco y prefiere tomarse dos? ¡Pues tómese dos, claro está!”.

Y eso es lo que hice. Recogí mi receta y, durante el verano, cuando supuestamente me iba a tomar un descanso de tanto médico y tanto pensar en la infertilidad, me tomé dos pastillitas diarias de Utrogest.

¿Que si me ayudaron? Pues claro que no. ¿Pero es que acaso pensabais que lo haría?

Y cuando después de esos tres ciclos tomando progesterona la llamé para contarle cómo me había ido, supe que ésa sería la última vez que hablaba con ella, que no tenía ningún sentido seguir con ella, porque ella tampoco iba a ser capaz de ayudarme, porque aunque había sido injusta al prejuzgarla cuando la conocí, al final sí resultaba ser como los demás: “No podemos hacer más por usted”.

Y ése fue el día en que tomé nuevas decisiones:

1ª) Voy a volver al KiWuZe y empezar mi último tratamiento G+O+D con relaciones programadas.
2ª) Voy a pedir cita para una laparoscopia.
3ª) Vamos a hacernos una in vitro.
4ª) Voy a tener a mi bebé en el 2015.

De momento, voy por la número uno.

Y ya me gustaría a mí llegar a la número 4 sin pasar por la 2ª y la 3ª.

A ver qué pasa.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Me rindo

Ha llegado el momento de sacar la cabeza de debajo de la tierra y afrontar el problema de la infertilidad.

Me rindo.

Por mucho que siga pensando que mi problema es hormonal y que los médicos no se molestan en solucionarlo porque prefieren mandarme a hacerme una in vitro y sacarse así un buen pellizco, me rindo.

Éste es mi último ciclo de relaciones programadas. El último ciclo de la fórmula mágica G+O+D.

Si esta vez vuelve a no funcionar, en cuanto pueda pasaré por quirófano y me dejaré hacer una laparoscopia (entiéndase lo de “dejarse hacer” no como un germanismo o anglicismo sino como mi rendición).

Y tengo miedo. Mucho miedo.

Nunca en mi vida me han operado de nada, ni me han puesto anestesia total. Nunca en mi vida he estado en un quirófano ni en la cama de un hospital.

Y sólo de pensarlo me entran ganas de llorar.

Tengo miedo de que algo salga mal y no vuelva a despertarme jamás, miedo de que me duela antes, durante o después de la operación, pero sobre todo, más que miedo, lo que siento es impotencia, vergüenza, frustración,

De saber que he perdido y que no tenía razón. Que nada ha funcionado por mucho que me haya dicho siempre que iba a demostrarles a los médicos que no tenían ni puta idea y que yo sabía que lo mío se arreglaba con unas pastillitas aquí y otras pastillitas allá.

De rendirme y de permitir que los médicos alemanes sigan haciendo negocio con los tratamientos innecesarios sin haber comprobado antes todo lo que se podría comprobar.

Y, de nuevo, miedo. Miedo de que los resultados de la laparoscopia no muestren lo que los médicos esperan y de nuevo se crucen de brazos y no sepan cómo proseguir.

Pero sobre todo, miedo de quedarme de nuevo sin ser madre.